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Cada fotógrafo cuenta una boda de forma diferente

Foto del escritor: Raciel Del Amo Medina
Raciel Del Amo Medina
7 sept
4 min de lectura
Pareja de novios recién casados en Guadalajara
Pareja recién casada en el jardín

Una boda tiene una estructura que, en mayor o menor medida, conocemos de antemano.

Los preparativos. La llegada de los invitados. La ceremonia. Las miradas antes de entrar. El intercambio de alianzas. La salida. Los abrazos. El cóctel. El banquete. El primer baile. La fiesta.

Quienes nos dedicamos a fotografiar bodas sabemos qué momentos van a llegar y cuáles no podemos perdernos.

Pero si dos fotógrafos cubrieran exactamente la misma boda, desde el principio hasta el final, el resultado nunca sería el mismo.

Y ahí está, para mí, una de las partes más bonitas de la fotografía de boda.


La escaleta es la misma. La mirada no.

Hay fotografías que forman parte inevitablemente de un reportaje de boda. Evidentemente, quiero tener el momento en el que os veis por primera vez, la entrada a la ceremonia, las alianzas o ese abrazo con vuestros padres.

Pero mientras todo eso sucede, están pasando muchas más cosas.

Puede haber una madre intentando contener las lágrimas unos metros más atrás. Un amigo que mira a otro y empieza a reírse. Un abuelo observando la ceremonia desde su silla. Dos personas abrazándose cuando aparentemente la acción importante está ocurriendo en otro lugar.


Amigos del novio lanzándolo por los aires
Amigos del novio lo lanzan por los aires

La diferencia entre fotógrafos muchas veces está precisamente ahí: en decidir hacia dónde mirar.

Cada uno interpreta lo que tiene delante de una manera distinta. Nos llama la atención una luz, un gesto, una composición o una reacción diferente.

Por eso fotografiar una boda no consiste simplemente en seguir una lista de acontecimientos.


Saber qué va a pasar ayuda a encontrar lo que no estaba previsto

La experiencia hace que muchas situaciones de una boda sean previsibles.

Después de fotografiar muchas ceremonias, empiezas a reconocer determinados gestos. Sabes cuándo merece la pena dejar de mirar a los novios y buscar la reacción de los padres. Intuyes cuándo puede producirse un abrazo. Sabes dónde colocarte antes de que ocurra algo.

Y eso permite algo que considero fundamental en mi forma de trabajar: anticiparme sin tener que intervenir constantemente.

No quiero llegar tarde al momento y pedir que vuelva a suceder.

Quiero estar allí cuando sucede de verdad.


Documentar no significa simplemente hacer fotos sin posar


Cuando hablamos de fotografía documental de bodas puede parecer que consiste únicamente en no pedir poses.

Para mí va bastante más allá.

Significa observar lo que está ocurriendo, entender qué personas son importantes, buscar diferentes puntos de vista y construir poco a poco una historia completa del día.

Durante una boda intento intervenir lo menos posible.

Hay momentos, como determinados retratos o la sesión de pareja, en los que evidentemente puedo dar indicaciones. Pero durante buena parte del día prefiero que vosotros os olvidéis de mí.

Que habléis. Que os abracéis. Que os riáis. Que disfrutéis con vuestra gente.

Mi trabajo es encontrar las fotografías dentro de todo eso.


Dos fotógrafos, en el mismo lugar y en el mismo instante

Incluso estando uno al lado del otro, dos fotógrafos pueden hacer fotografías completamente diferentes.

Uno puede utilizar un plano abierto para enseñar todo lo que está ocurriendo mientras otro decide acercarse a un pequeño gesto. Uno puede trabajar con la simetría del espacio mientras otro encuentra una fotografía interesante precisamente rompiéndola.

Ninguna tiene necesariamente que ser mejor que la otra.

Son maneras diferentes de interpretar una misma escena.

Y por eso, cuando elegís fotógrafo para vuestra boda, creo que es importante mirar más allá de unas cuantas fotografías espectaculares.

Mirad cómo cuenta una boda completa.

Ahí es donde realmente podéis descubrir su forma de mirar.


La edición también cuenta la historia

El trabajo tampoco termina cuando guardamos las cámaras.

Después llega otra parte fundamental: decidir qué fotografías forman parte del reportaje.

De una boda pueden salir miles de imágenes. La selección, el orden, el tratamiento del color y la combinación entre fotografías abiertas, retratos, detalles y pequeños momentos también construyen la narración.

Una fotografía aislada puede ser preciosa.

Pero cuando entrego un reportaje quiero que todas juntas tengan sentido.

Quiero que podáis recorrerlo y recordar no solamente qué ocurrió, sino también cómo se sintió aquel día.


Vuestra boda no es una lista de fotografías

Hay determinados momentos que, por supuesto, tenemos que fotografiar.

Pero no quiero que un reportaje termine siendo únicamente una sucesión de:

preparativos, ceremonia, beso, arroz, fotos de pareja, banquete y baile.

Porque vuestra boda va a ser mucho más que eso.

Serán también las personas que estuvieron allí, las reacciones que quizá vosotros no llegasteis a ver, los nervios, los abrazos y todas esas pequeñas situaciones que suceden alrededor de los grandes momentos.

Algunas probablemente duren apenas unos segundos.

Y posiblemente sean precisamente esas fotografías las que, dentro de unos años, tengan más valor.

Una boda puede tener la misma escaleta. Nunca la misma historia.


Por eso creo que una de las decisiones más importantes al elegir fotógrafo no debería ser únicamente si os gustan sus colores, sus encuadres o determinadas fotografías de su portfolio.

Tiene que gustaros su manera de mirar.

Porque nosotros sabemos aproximadamente qué va a suceder durante vuestra boda.

Lo que nunca sabemos es cómo va a suceder.

Y ahí está lo interesante de documentarla.

Observar. Anticiparse. Elegir dónde colocarse. Decidir cuándo acercarse y cuándo dejar espacio. Y convertir todos esos pequeños instantes en algo que podáis volver a mirar muchos años después.

La escaleta puede ser la misma. La historia nunca lo es.


 
 
 

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